A)  ¿QUIEN  LEE  POESIA?                                                   

por Ketty Alejandrina Lis

Parte Primera: El protagonismo de la palabra.

Como bien se sabe, desde hace más de un siglo y medio la Poesía no sólo dejó de ser el vehículo natural del romanticismo sino que, además, fue perdiendo en el camino sus reglas de versificación tradicionales y actualmente es por completo inútil entrar a juzgar si la consecuencia de esa ganancia, traducida en mayores y mejores posibilidades de expresión, se obtuvo a costa de la frescura que la hacía fácilmente aprehensible a un público más vasto.

Puede afirmarse, sin margen para el error, que las dos guerras que durante este siglo sacudieron al mundo de un modo devastador terminaron de pulverizar los valores que habían servido a la humanidad de apoyo más o menos seguro hasta entonces, y acorralaron al ser pensante -sin ningún miramiento- en esa imprecisa zona que puede rotularse como "límite de cuanto es posible soportar". Y si bien somos deudores de las distintas corrientes que han enriquecido la Poesía a lo largo de los siglos, hoy no se podría hablar a "La Amada Inmóvil" o cantar "Gratia Plena" con el delicado e intenso lirismo de Amado Nervo.

Este doloroso replanteo de los valores convirtió a la poesía contemporánea en un estilete que, sin la menor concesión, hurga en la interioridad del poeta. Ello amplía el campo a explorar pero plantea un problema: El de su lectura.

Según me parece, el mayor inconveniente que se le presenta a quien se dispone a abordar un libro de poemas y carece del hábito de leerlos con frecuencia es hacerlo rápidamente, como por lo general se lee la historia que se relata en un cuento o una novela. Pero en Poesía no se está contando una historia con comienzo, desarrollo y final y, justamente por ello, el protagonismo jamás podría recaer en la acción a secas, aún cuando en muchos poemas se utilicen algunos elementos de la narrativa.

La acción es movimiento y el dinamismo de sus secuencias es uno de los punteros que va llevando los ojos del lector.

Poesía contemporánea, por el contrario, al ser contrapuntística por excelencia, rica en posibilidades de maniobras técnicas, audaz en el manejo del espacio, libre de toda sujeción métrica y emisora de su propio fraseo musical, pone el acento en la hondura más conflictiva del ser rozando lo cotidiano con los dientes apretados y sumergiéndose en lo lírico sólo si hace al contenido del poema. Además, al valorar la imagen sobre la metáfora, al ajustar cada palabra hasta exprimirla en sus definiciones muchas veces múltiples y dejando en algunos casos huecos irritantes, la Poesía se interna en los sentimientos personales sin empantanarse con ellos y se adentra en la realidad sin confundirse con la crónica.

En Poesía contemporánea, por lo tanto, la palabra no es un medio o una herramienta para contar una historia. En Poesía contemporánea la palabra es la protagonista de nuestra historia, su elemento nuclear, algo así como una suerte de contador Geiger que va detectando nuestras radiaciones o una suerte de potente motor que también genera, paradójicamente, las fuerzas centrífugas y centrípetas del silencio.

Parte Segunda: Incidencia de los problemas existenciales.

Como si todos los cambios que ha sobrellevado la humanidad durante este siglo fueran de poca monta, nuestra época se caracteriza por estar altamente tecnificada y el mundo que nos toca vivir es un mundo que sigue buscando su causa, su razón de ser, básicamente a través del conocimiento científico cometiendo el mismo error del positivismo, porque las preguntas fundamentales: ¿Por qué vine a este mundo? ¿Para qué? siguen sin respuestas.

Obviamente, todos estamos muy lejos de rechazar los espectaculares avances de la ciencia pues gracias a ella se descubren, día a día, universos infinitamente pequeños que van ampliando el campo del conocimiento. Para dar sólo dos ejemplos he de mencionar, ciertamente maravillada, que hace algún tiempo la ingeniería genética logró cortar y empalmar la cadena de un gen (ADN) en un espléndido intento por salvar la vida de dos niñas, y los laboratorios de los países desarrollados continúan investigando para elaborar nuevos medicamentos que nos ayudarán a caminar mejor y por algo más de tiempo sobre este planeta.

Pero ¿por cuánto tiempo? ¿Cinco, diez, veinte años? De todos modos, por poco que sea este tiempo nuestro agradecimiento a todo el esfuerzo y dedicación de los científicos no se alterará. Sólo que después, ¿qué?

Llegamos a esta vida desnudos y absolutamente indefensos; festejamos cada nuevo nacimiento y nos conmovemos ante el desvalimiento de un bebé, quizá porque en algún lugar de la memoria guardamos el recuerdo de nuestro propio desvalimiento. Vemos morir a otros y, ya sea consciente o inconscientemente, el dolor que sentimos está estrechamente ligado al temor por nuestra propia muerte. Y ese temor subsistirá mientras no sepamos en qué consiste el descomunal misterio del ser y la causa de su transitoria presencia en el mundo.

Puede decirse que hasta Martín Heidegger y Martín Buber, si bien desde puntos de vista completamente distintos, era la Filosofía la que se ocupaba del problema de la finitud. Hoy, sin embargo, es la Poesía la que más se pre-ocupa y ocupa en bucear en las profundidades de ese océano inconmensurable y oscuro. Tanto que el mismo Heidegger devino en algún momento en admirador de los hallazgos poéticos, esos hallazgos que van abriendo ventanas en la apercepción del ser, que van imaginando, aunque más no sea, el sentido o el sinsentido de nuestro andar por este obligado y pasajero escenario. Y el gran filósofo terminó escribiendo poemas.

"La Poesía busca el ser" -afirmó. "El lenguaje es la morada del ser". "En su casa habita el hombre. Los pensadores y los poetas son los guardianes de esa casa". O, dicho de otro modo, es por el lenguaje que podemos pensar y es por los pensamientos que podemos crear. Y no hace falta señalar hasta qué punto estamos destruyendo el único puente que tenemos para accede al conocimiento del ser.

Semejante pre-ocupación y ocupación de la Poesía debería convertirla en el más leído de los géneros literarios. No obstante, salvo excepciones, la lectura de Poesía contemporánea está circunscripta sólo a los poetas y, como en toda situación anómala, las causas son múltiples.

Además, tanto los conflictos familiares como los problemas socioeconómicos han llevado a muchos jóvenes a rechazar los valores que sustentan sus mayores y los han empujado hacia el aturdimiento, el que se manifiesta ya sea en las ilusiones de “fortaleza indestructible” que ofrece una musculatura de tono firme, como en la frivolidad de buscar su realización como personas a través de los objetos. Y en la categoría de objeto, incluyo también el ruido. Ellos sobrevivirán así mientras les dure la piel tersa pero en algún momento tendrán que enfrentar su propia finitud, la que se les expresará con pareja crueldad a través de la enfermedad, la vejez y la muerte.

Naturalmente, los jóvenes no son los únicos aturdidos. Los mayores también lo están pues vienen de una generación que creyó encontrar la Verdad rompiendo con los hábitos y tabúes que les habían impuesto, a su vez, sus propios padres, sin advertir que tanto la represión exagerada como la exagerada permisibilidad son dos aspectos de una misma moneda de cartón que jamás pudo ni podrá servir para pagar el muy costoso pasaje hacia una más o menos serena madurez. Pero, por sobre todo, no pensaron que la Verdad es un absoluto que no cabe en las manos de nadie, y tampoco pensaron que el ser humano al ser esencialmente conflictivo, sólo estaba canjeando unos conflictos por otros.

Parte tercera: Incidencia de la televisión:

Además de este panorama bien poco propicio a toda búsqueda de valores en nuestra interioridad, desde hace algunas décadas hemos instalado en nuestro propio hogar una caja que, si bien ciertamente es un producto maravilloso en sí mismo, se ha convertido en una ayuda estupenda para incrementar nuestra estupidez, por el mal uso que se hace con ella.

Observando el tiempo que nos toca vivir, vemos que cada vez más la tecnología va reemplazando las relaciones humanas por la relación individuo-máquina. Dentro de este contexto, la televisión se ha erigido en uno de los grandes protagonistas de este final de siglo. Si el ser humano no fuera perdiendo el hábito de la lectura o si al menos supiera cuándo debe apagar el televisor de modo de equilibrar ambas cosas, este protagonismo no sería criticable en sí mismo, pues gracias a la televisión vemos espectáculos artísticos de alta calidad a los que no podríamos acceder directamente ya que muchos de ellos se han filmado fuera del país, no conoceríamos la riqueza cultural de grupos étnicos relativamente pequeños, ni disfrutaríamos con alguna buena película. Pero ni este costado valioso de la televisión es el que prevalece, ni la generalidad de la gente quiere ver otra realidad que la externa. Por otra parte, gracias a estos avances tecnológicos hoy sabemos qué es lo que está ocurriendo en cualquier parte del mundo en el mismo momento del suceso, y ello es positivo. Pero no siempre. Lo malsano, naturalmente, no es la noticia en sí, sobre todo si la imagen posee la cualidad de trasladar los distintos aspectos y las distintas modalidades propias de otros países y otras culturas hasta nuestra casa. Cuando esto se da, la televisión nos está poniendo al alcance de la mano uno de los tantos medios que contribuyen a ampliar nuestro enriquecimiento interior y, en tal caso, sólo le compete a nuestra responsabilidad el aprovecharlos o no. Lo malsano de las noticias, entonces, se anida en la selección que nos imponen los responsables ¿o debo de decir irresponsables? de estos medios masivos quienes, casi siempre, eligen las noticias pensando únicamente en función de su mayor o menor impacto en el público. Y por aquello del rating nos azotan, encima, con la cantidad. Y esta cantidad es tan grande y nos la tiran por la cabeza tan aceleradamente que, sencillamente, no la podemos "procesar". La tristísima consecuencia de este sistema atolondrante es que nos va condicionando de un modo tal que, sin darnos cuenta, terminamos reemplazando nuestra natural tendencia a razonar, la cual se observa claramente en los niños, por un limitado conjunto de contradictorias frases hechas. O, lo que es igual, se esta destruyendo el lenguaje como elemento nuclear de nuestra capacidad creadora y se lo va subsumiendo en una simple herramienta que las más de las veces no sabemos usar ni siquiera para comunicarnos entre nosotros.

Por lo demás, las propagandas comerciales son el sustento indispensable en la vida de la televisión y tampoco serían cuestionables si sólo nos informaran dónde conseguir los distintos productos que podemos necesitar. Pero se convierten en un método perverso cuando nos repiten que determinados autos o determinados cigarrillos "marca nuestro nivel", o que podemos llegar a ser grandes deportistas si usamos tal o cual marca de zapatillas, por mencionar sólo un par de ejemplos. Y me pregunto cuál es ese "nivel" hacia el cual nos empujan. Seguramente no se están refiriendo a nuestra evolución como personas.

Y cómo pedirle a la gente que ponga el acento en lo interno si desde este poderosísimo medio nos están diciendo, a veces clara y otras subliminalmente, que el modelo a seguir consiste en alcanzar objetos exteriores, ya se trate de apariencia física, vestimenta o cualquier otra cosa que marca un “nivel”. Si, citando a Kant, se les solicitara a las personas que se planteen "¿Qué soy? ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer?", una gran mayoría no sabría responder porque anda a los tumbos oscilando entre el consumismo y el vacío, los cuales no son sino dos aspectos de una misma cuestión.

Siempre existió el "tanto tienes tanto vales", de modo que no nos vamos a asustar por una falla que es vieja como el mundo. Pero desde el Renacimiento había venido creciendo, poco a poco, una lúcida toma de conciencia acerca de la posibilidad de una mayor justicia distributiva que no significa, en absoluto, caer en el pantano de pasar el rasero hacia abajo. Esperanza que en estos tiempos se va diluyendo porque, básicamente, se están destruyendo las posibilidades de uno de los pilares esenciales en la evolución del ser: La educación.

Conclusión:

Es bastante común oir de personas con buena formación cultural que "no entienden" los poemas contemporáneos, sin advertir que son ellos mismos los que no se permiten el tiempo necesario para ahondar en el contenido y la belleza de las palabras, quizá porque rechazan el que les sean develados los aspectos más sórdidos de la propia interioridad, Esos mismos que nos ayudarían a quitarnos las máscaras y a reencontrarnos con nuestra propia desnudez, sin objetos ni ruidos que la escondan. Como afirmó lúcidamente Paul Eluard, Poesía "es dar a ver".

Aún cuando no sea un hábito masivo el leer poemas, los poetas que escribimos en soledad lo hacemos sin pensar en el otro aunque, vaya contradicción, siempre van a estar dirigidos hacia un posible lector por esa necesidad que cada uno tiene de ser-en-el-otro. Sin la persona que lee no se cerrarían los eslabones de la cadena a que hacía referencia Sócrates en el diálogo con el rapsoda Ion de Efeso. Pero tampoco habrá lector si “ese otro” no pre-dispone y pone en juego su particular necesidad de reflexionar. Y hablo de “necesidad” y no de capacidad de reflexión, porque la agitación de lo cotidiano suele cubrir con aterradora frecuencia y a manera de mortaja esa necesidad, en todas aquellas personas que tienen capacidad intelectual. Que corramos desenfrenadamente ya es insalubre. Pero si además, lo único que hacemos es correr con desenfreno, ¡ay! de nuestra interioridad.

Y cómo, de qué manera, a través de cual medio se le puede pedir a la gente que no corra si estamos inmersos en un sistema hipócrita que ha ido generando, para el beneficio de unos pocos, este modelo atrozmente consumista en la cual se canjea el pensamiento por los objetos y todo lo material se ha constituído en el objeto de nuestro pensamiento, ya sea que lo podamos adquirir o no. Y cómo, de qué manera se le puede pedir a la gente que valore la estética en un mundo donde se va distorsionando hasta el contenido de la ética.

Por último, retomando el principio, cierro el círculo reiterando que es la poesía contemporánea la que se ocupa justamente de nuestra finitud al intentar, al menos, develar el inconmensurable misterio de la esencia del ser y el por qué de su ubicación en el Universo. Y, según me parece, esta es la gran paradoja por la cual la lectura de poemas no está incluída dentro de la canasta familiar.